"Cuando siento que voy a vomitar un conejito, me pongo dos dedos en la boca como una pinza abierta, y espero a sentir en la garganta la pelusa tibia que sube como una efervescencia de sal de frutas. Todo es veloz e higiénico, transcurre en un brevísimo instante. Saco los dedos de la boca, y en ellos traigo sujeto por las orejas un conejito blanco. El conejito parece contento, es un conejito normal y perfecto, sólo que muy pequeño, pequeño como un conejito de chocolate pero blanco, y enteramente un conejito. Me lo pongo en la palma de la mano, le alzo la pelusa con una caricia de los dedos, el conejito parece satisfecho de haber nacido y bulle y pega el hocico contra mi piel, moviéndolo con esa trituración silenciosa y cosquilleante del hocico de un conejo contra la piel de una mano. Busca de comer y entonces yo (hablo de cuando esto ocurría en mi casa de las afueras) lo saco conmigo al balcón y lo pongo en la gran maceta donde crece el trébol que a propósito he sembrado. El conejito alza sus orejas, envuelve un trébol con un veloz molinete del hocico, y yo sé que puedo dejarlo e irme, continuar por un tiempo una vida no distinta a la de tantos que compran sus conejos en las granjas. [...] Son diez. Casi todos blancos. Alzan la tibia cabeza hacia las lámparas del salón, los tres soles inmóviles de su día, ellos que aman la luz porque su noche no tiene Luna ni estrellas ni faroles. Miran su triple Sol y están contentos. Así es que saltan por la alfombra, a las sillas, diez manchas livianas se trasladan como una moviente constelación de una parte a otra, mientras yo quisieras verlos quietos, verlos a mis pies y quitos -un poco el sueño de todo dios, Andrée, el sueño nunca cumplido de los dioses-..."
Fragmento de "Carta a una señorita en París", de Julio Cortázar en "Bestiario", compilación de cuentos fantásticos y bestiales.
Ojo que sigue, lo que copié es justo la parte del medio. Ayer casi lloré de ternura cuando leía esa descripción. Es bastante eficaz para sacarse el mal gusto que le deja a uno en la boca cuentos como "La gallina degollada", de Quiroga. Cuento enfermo y cruel, las letras de Quiroga casi casi que exudan sangre. Volviendo a Cortázar, me reencontré con este escritor después de casi un año de no leerlo, y recordé lo mucho que me gusta. Me gusta la cotideaneidad sobre la que escribe, pero sobre todo, los modos particulares que tiene de tirar a la gente por la ventana. Magistral, majestuoso, magnífico. Cortázar. Leanlo, me juego la cabeza a que lo van a amar.